A la llama del espíritu y el humo de la música

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POEMAS DEDICADOS AL ROCK
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A LOS COMPOSITORES, INTÉRPRETES Y GRUPOS
QUE LO HAN HECHO POSIBLE




VIAJE DE RETORNO AL DESIERTO DE ALTAR

Riders on the storm
Into this house were born
Into this world were thrown…

—Jim Morrison

La arena es demasiado suave:
una serpiente se desliza al borde de las dunas
y cose los párpados del horizonte con hilos plateados.

Un par de coyotes transparentes
aullan una salvaje canción de amor
y la luna llora lejos del sol lágrimas de mercurio.

Un hombre -ese fantasma-
que a duras penas se desplaza y sigue
sobre la desértica planicie
está decidido a fundar otro mundo aquí mismo:
quiere borrar las iniquidades.

Durante 40 días
y una sola noche interminable
ha reunido piedras de todos colores
y ha formado un círculo con ellas.

Su único refugio, una mente en blanco,
un paisaje mental deshabitado
desnudo y misterioso como el Desierto de Altar.

Se ha sentado
en medio del círculo de piedras
y ha comenzado a palmear -con los ojos cerrados-
entrando en el ritmo y dejándose conducir
por el viento ardiente de su imaginación.

No hay nubes en el horizonte,
sólo una serpiente transparente.

Comienza a silbar una tonada
que danza en círculos concéntricos
llamando a las fuerzas ocultas de su propia pobreza.

Los dos coyotes dejan de aullar
y se quedan petrificados.

Diminutos insectos
son arrastrados por un vórtice de latidos
y un tinte de noche azul asoma
al extremo inmaculado del Desierto de Altar.

Una silueta de cuarzo
resplandeciendo contra el mar del cielo
y dos estatuas blanquísimas por dentro
balbucean pálidas estrellas
sobre las puntas deshilachadas del tapete solar.

El hombre
toma un trago a la salud de los cuatro vientos
y luego inhala el viento furioso
de su propia soledad.

El canto
forma ahora una espiral
y el cielo es un manto ceremonioso
con nuevas constelaciones bordadas a mano.

La constelación del Soldado Desconocido;
la constelación del Barco de Cristal;
la constelación de los Jinetes en la Tormenta;
la constelación del Rey Lagarto.

Allá dentro de su alma
echan sombra cantos inauditos
que resuenan en los muros
de sus pulmones inflamados
haciendo arabescos
en las ramas secas de sus bronquios
y en la bóveda de adobe
cubierta de cal.

Un espacio inmenso se está abriendo
más allá de los bordes nocturnos.

En el otoño de su locura
brillan las palmas
como un oasis de cordura en pleno trance,
como un reloj de arena
suspendido en medio de la eternidad.

La serpiente de cristal
ha cerrado el círculo del horizonte
y se muerde la cola con colmillos de cuarzo.

Los dos coyotes
-uno blanco y uno negro-
se han acurrucado junto al rostro de piedra
que, siguiendo el ritmo de las constelaciones,
no deja de cantar.

El hombre
quiere un mundo nuevo
y lo quiere ya.

Y el cielo se resquebraja
con todo y sus constelaciones de mampostería.

Llueve calcio de la bóveda,
fino talco estelar
o polvo de ángel anunciando
la inminencia de un nuevo espacio.

El hombre está decidido
a borrar para siempre las fronteras
y a abrir un ojo de agua en el desierto.

Un hilillo plateado
comienza a brotar a sus pies:
corre cristalino,
se extiende y forma un círculo,
después forma una espiral,
rodea las piedras y forma un lago.

El hombre es una isla
flanqueda por dos coyotes.

El agua alcanza a la serpiente
que cambia de piel.

Se forma un mar
y un archipiélago estrellado
a la orilla del manto del Desierto de Altar.

Papel quemado,
las puntas del cielo se prenden
y un humo eléctrico envuelve
el círculo del paisaje recién nacido.

En una altura impensable
despuntan nuevas constelaciones.

No tienen nombre
y apenas si tienen forma perceptible.

Absolutamente inéditas y sorprendentes
obedecen a una nueva geometría.

La luna y el sol forman un solo rostro;
el hombre y los dos coyotes, un solo ser.

El zig-zag de la serpiente
ha casado a la tierra y el cielo.

Porque sólo de lejos
aparecen separados -distintos-
el estruendo y el resplandor del rayo.

Y se eleva una plegaria
dolorosamente bella -bellísima-
desde las profundidades vítreas
y las piedras sedosas del Desierto de Altar.


"Riders on the Storm" - The Doors